martes, 4 de enero de 2011

La soledad del fumador del fondo

Yo no quería, se lo juro que no quería, pero al final me tengo que rendir a los hechos y no me queda más remedio que hablar de la maldita Ley antitabaco. No pienso analizar las ventajas de dicha normativa, ni lo mucho que me joroba tener que salir a la calle a fumar, ni si cumple con las recomendaciones europeas en materia de salud o si resulta que ahora somos más papistas que el Papa. No. Eso lo dejo para las sesudas firmas que se quedarán sin análisis que hacer en cuanto lo de Paco Cascos pase, que pasará, a la historia. Ya saben, el periódico de hoy sólo sirve para envolver el pescado de mañana.
Lo que a mí me preocupa de la bendita Ley, más allá de la hipocresía desde la que nace, es la posibilidad de denunciar anónimamente al vecino si la infringe. Dirán ustedes que soy una exagerada. Puede ser. Pero, queridos, nos conocemos. En este país en que nos ha tocado pacer hay una larguísima tradición de chivateo y un deporte nacional llamado envidia. Junten ustedes lo uno con lo otro, mézclenlo con su pizquita de revanchismo, tan propio también de estas tierras, y siéntense a ver los resultados. Yo ya estoy ahorrando para una pantalla de cuarentaymuchas pulgadas con la que no perderme detalle.
Los mayores del lugar recordarán hechos concretos oídos en la familia de denuncias, verdaderas o falsas, contra rojos, contra azules, entre vecinos, amigos, hermanos, que llevaban implícita, no una multa, si no una condena de cárcel o de muerte. No era broma, precisamente, y existió. Quien no lo haya oído contar en casa puede recurrir a la biblioteca más cercana y no tardará mucho en encontrar ejemplos de esa bellaquería.
Si por un quítame allá esas tierras o ese estanco, o ese pensar tan tuyo que no coincide con el mío, hubo, no hace tanto, quien mandó a otro ser humano a la muerte, imaginemos qué no seremos capaces de hacer por un quítame allá esos humos, enarbolando, además, la bandera de la salud común, del gasto en sanidad, del respeto a la ley.
Cuando escribo esto, tres de enero, a un día de implantación de la norma, ya hay un establecimiento en Sevilla que ha recibido más de 300 denuncias. No puedo evitar pensar que si 300 personas hubieran estado tan diligentes denunciando casos de maltrato posiblemente hubiéramos cerrado el año con menos muertas por violencia de género. A lo mejor, soñar es gratis, sin ninguna.
De momento, los fumadores estamos siendo inspeccionados como bacterias en microscopio. Que si reportaje sobre el primer día sin humos; reportaje sobre el primer día laborable sin poder fumar; comentarios sobre lo sorprendentemente civilizados que somos y lo bien que cumplimos la Ley aún a riesgo de un catarro monumental; preguntas capciosas sobre qué vas a hacer ahora que no puedes fumar en los bares, sonrisilla retorcida mediante... Pues qué voy a hacer, animal de bellota, salir a fumar a la calle, o no fumar, o fumar después, o infringir la ley, o yo qué sé. Eso sí, sea cual sea la opción por la cual me decida tendré la precaución de no incluir tu compañía en ella, por idiota.
Más vale fumar solo que mal acompañado.
(Publicado en AQUÍ DIARIO el 4 de enero de 2011).

2 comentarios:

  1. Mucho me temo que en determinados ámbitos, de aquí a no mucho se reproducirá por doquier la nostálgica, grotesca y adolescente escena: la gente se meterá en el baño a fumar (¡yo no, claro!).

    ¿Aceptaría la Menestra de Sanidad y otros mejunges subir conmigo andando a Peñacabarga o Tresviso o, mejor aún, a la Vega de Urriello, ella con su PowerBalance y yo con mi Ducados? Aparte de los años que saco a la criatura me comprometo a cargar diez kilos más que ella en la mochila.

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  2. A grandes rasgos, estoy bastante de acuerdo con la ley. Pero me molestan dos aspectos. El primero, uno de oportunidad: si se trata de aplicar una normativa proteccionista para la salud (para la mía, no para la de los fumadores que allá cada cual con sus pulmones y sus laringes) conforme a los estándares europeos, no entiendo por qué no se hizo desde el primer momento. No me parece de recibo que se haya inducido a miles de hosteleros a realizar gastos para adaptar sus locales (o que la misma administración haya realizado esos gastos) para que dos años más tarde no sólo no sirvan de nada sin siquiera estar amortizados, sino que además en muchos habrá un nuevo gasto por desmontajes.

    Tampoco me gusta el carácter anónimo de las denuncias. Todos tenemos el derecho (y el deber) de denunciar las infracciones legales que estén en nuestro conocimiento. Y de hecho, habría que ir pensando en empezar a denunciar por el delito de omisión de socorro a los que conocen una infracción penal y no presentan siquiera una denuncia o realizan una llamada a la policía para ayudar a la víctima. Pero las denuncias se hacen con nombres y apellidos, asumiendo cada uno sus responsabilidades. Lo contrario no es una denuncia sino una delación.

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