sábado, 9 de mayo de 2020

Mi amigo Andrés

Él no es consciente, nunca lo ha sido, pero mi amigo Andrés tiene un don, lo que ahora llaman un superpoder, vaya.  Sin necesidad de ponerse el calzoncillo por encima de los leotardos, que ya ves tú qué ganas; ni de embozarse en una capa oscura o dejarse las uñas tan largas como las de Rosalía; sin más aparatajes  que su sonrisa y sus ganas, mi amigo Andrés va para superhéroe. A mí me hace una ilusión loquísima, porque, oye, tener un amigo superhéroe no es algo de lo que pueda presumir todo el mundo. Yo sí. Y estoy como loca por presumir. Soy la Pantoja un Domingo de Ramos, con eso te lo digo tó.

Sin duda, la mejor capacidad que tiene el ser humano es hacer felices a los demás. Pues a Andrés le rebosa por cada poro de la piel. A ver. Que con las palizas a bailar que se mete, los poros los tiene que tener más abiertos que el túnel de Tetuán, siempre que no tenga goteras. El túnel, que mi amigo, además de superpoder, tiene una avería importante, pero goteras ni una.

No me líen que me despisto. Decía que mi amigo Andrés es un superhéroe con el superpoder  de hacer felices a los demás. ¿Habrá algo mejor en la vida? 

Andrés lleva desde el minuto uno de este maldito confinamiento alegrándonos los fines de semana. Pero alegrándonoslos hasta donde no se pueden imaginar. Ha abierto el balcón de su casa para que nos juntemos telemáticamente una panda de descerebraos a cantar y bailar con él; para que riamos hasta la agujeta; para que nos encontremos los amigos que no podemos vernos, de aquí, de allá, de mucho más allá; para que compartamos risas, cervezas, calimochos, vinos, gintonics, galletas… bueno, esa es otra historia que no viene al caso, no me sean cotillas… Ha conseguido hacer de los fines de semana de esta cuarentena un oasis de alegría y buen rollo que no podremos agradecerle por más años que vivamos.

Los superhéroes modernos no van solos por la vida. Eso se lo dejan a tipos como Superman o Batman, que ya ves tú qué tristes. Los superhéroes modernos se juntan en cuadrillas de superhéroes. Dios los cría y el viento les arremolina. Y Andrés, otra cosa no, pero es modernísimo. Así que ha arremolinado en torno suyo a un grupo de colegas con superpoderes y ahí les tienen, haciendo el bien. Un poco raritos sí que son, también les digo. Todos ellos tienen el mismo superpoder que Andrés, repartir felicidad. Que podían haberse currado más la puesta en escena… puede, pero para qué. El guión de esta película se ha ido escribiendo sobre la marcha y desde aquí les anuncio que va directa a Los Goya. 

El grupo se hace llamar G5. Vale, no había nadie revisando ese negociado. Pero no les podemos pedir más. Sería de mala gente. No se le puede pedir más a quienes lo están dando todo. Empezaron arropando a Andrés en su confinamiento. Mientras él nos divertía le proveían de todo lo que le fuera necesario. Algún caprichito también cayó, que es superhéroe pero humano, un poquito de porfavor. Pero se les hacía poco a las criaturas y poquito a poco fueron pergeñando un plan. Y convirtieron el balcón de Andrés en El Balcón de Tu Alegría. De la nuestra, comparsas paraditos pero agradecidos. Y se fueron viniendo arriba, a lo tonto, casi sin darse cuenta, como quien no quiere la cosa, y de repente nos vimos cómplices de una iniciativa solidaria en forma de camisetas y tazas como recuerdo de que una vez participamos de un experimento hecho a fuerza de generosidad. Una vez en la vida al menos. Y sonará todo lo moñas que ustedes quieran pero es precioso.

Esperen, que me he vuelto a ir por los cerros de Úbeda, que les tengo ley. A ver, que no les he explicado que todo lo que se recaude por la venta de las camisetas y las tazas (la línea de ropa interior la están trabajando pero no es seguro que vea la luz… esperen, esto ha quedado un poco raro ¿no es cierto? Bah, pa’ prao), decía, que todo lo que se recaude se pondrá a disposición de los Servicios Sociales para que lo distribuyan entre los que peor lo están pasando en esta pandemia. No me digan que no es para comérselos a besos. 


Nuestro G5, como todas las cuadrillas de superhéroes que pueblan el país, que son muchísimas, son gente no solo generosa sino también muy discreta. Pero ya les he comentado que a mí me gusta presumir, así que me apetecía contarles esta historia. Además, como ahora no pueden replicarme (que su poco de pesaditos también tienen, eh, no se crean, que no saben más que darnos las gracias a los demás, mira tú qué empeño más tonto) aprovecho para mostrarles mi eterno agradecimiento y creo que, sin temor a equivocarme, el de los más de 200, más de 300 a veces, que nos juntamos cada fin de semana. Habéis hecho que estos dos meses hayan sido muchísimo más fáciles de sobrellevar. Y así revestida por mí misma de la capacidad de hablar (ay) por todos ellos, también os digo chicos que contéis con nosotros para lo que sea. Solo tenéis que silbar.

¡Ah! Casi se me olvida. Que les tengo un cuchicuchi. Pchst, acérquense que se lo cuento al oído. El nombre secreto de superhéroe de mi amigo Andrés es Trina. Ahora van y lo cascan.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Desidia (al borde del mar)



Tengo la desidia cotizando en bolsa. Al alza. Si la cosa, en general, sigue así hago estallar el Ibex, el Dow Jones y el Nikkei del tirón. Y por si quieren ir poniendo sus inversiones a buen recaudo, ya les aviso que no tiene la pinta esto de mejorar. Qué aburrido es todo el mundo y qué empeño en aburrirnos a los demás.

Bien saben ustedes (cualquier día empiezo a tutearles, que ya son unos años y hay confianza, por mucho asco que dé) que soy exagerada por parte de ancestros. En realidad, no todo el mundo es aburrido, solo los aburridos residentes, que suelen ser los mismos temporada tras temporada. Pero aburren tanto que parecen multitud. Especialmente a alguien como quien les escribe que no tiene capacidad para aburrirse por sí misma. En serio, soy incapaz de aburrirme sin interferencias exógenas. A mí  un techo blanco me resulta apasionante, así que echen cuentas.

Pero hay personas, dúos, cuadrillas y bandas organizadas que elevan mi hastío hasta el infinito y más allá. Mediocres que utilizan su entorno de forma ventajista, acusan, mienten y manipulan a otros mediocres que confunden las artimañas con el talento mientras parezca que estas aportan algo a sus intereses. Lo que viene siendo un “de puta a puta, taconazo” de libro; dúos de ‘cómicos’ sin gracia que consiguen convertirse en marabunta para insultar, vejar y amenazar, utilizando una presunta superioridad moral a todo aquel que incumpla sus normas vitales que, como los principios de Groucho Marx, hoy son estas, pero pueden cambiarlas cuando les plazca; cuadrillas de mezquinos que utilizan su situación de privilegio contra las críticas que les afectan, por mucha razón que tengan estas, y bandas de ‘pelotas’ que hoy ven extraordinariamente bueno  lo que no hace mucho criticaban hasta la saciedad. Que sacian, se lo digo yo, sacian. 

Dice mi amiga Blanca que el año pasado aprendió a desconocer a mucha gente. Yo, que voy más lenta, ya saben de mi torpeza vital, aún estoy en ello. Pero he descubierto que no se me da mal. Sobre todo porque esas personas nunca significaron demasiado ni aportaron a mi vida nada relevante, únicamente ocupaban espacio y daban sombra al botijo. Hale, a esparragar, que hay que hacer sitio para que mis amigos de siempre estén cómodos y puedan respirar a gusto. También los que van llegando. Y los que vendrán. Gente que no me aburre y, sobre todo, que aporta tantas buenas cosas que a veces dan hasta ganas de agradecérselo. 

Gente como  Olga Agüero, a quien agradezco ese lápiz afilado, honesto y certero, tres veces negado y miles reivindicado, y ahí seguiremos, compañera; como mis ‘primos’ Guillem y Óscar, que tienen más valor que El Alcoyano y corren sin cejar en el empeño detrás del sueño de informar libremente, cueste lo que cueste; como Quique, mi gruñón de cabecera, que no permite que nos ‘desmandemos’, tanto da que sea a diestra o a siniestra, él es un hombre ‘centrado’; como Manuel Rico (a quien, aclaro, no conozco más allá de su faceta pública) que es capaz de poner un punto de sensatez y cientos de análisis centrado y sagaz en este loco mundo de la comunicación; como Carla Antonelli, compañera de militancias, que intenta construir un mundo mejor y empezando por ponérselo de peineta; como Pilar González y David Remartínez, que aportan al mundo un punto de vista especial y lo cuentan de forma más especial aún y a quienes de joven quisiera parecerme, aunque solo fuera una mijita; como Pablo y Nacho, que nunca, repito, nunca, conseguirán aburrirme, si acaso, que muera de un ataque de risa y buen rollo; como Óscar, con quien tanto coincido, a pesar de los pesares, y gente como Carlota, Leo u Olivia, que acaban de llegar o están en ello y de quienes, espero, sean mejores que nosotros y, sobre todo, mejores que ellos. Disculpen la soberbia. Y el arrebato.

viernes, 18 de marzo de 2016

Ningún ser humano es ilegal. Nunca



El mismo día que los grupos del Congreso llegaron a un acuerdo con el Ministerio de Asuntos Exteriores por el que Mariano Rajoy rechazará las expulsiones colectivas de refugiados y defenderá que se abran vías legales de acceso a suelo comunitario, como visados humanitarios, durante su intervención en el Consejo Europeo, los cántabros, al igual que miles de ciudadanos de toda España, salieron a la calle a mostrar su más profunda repulsa por el preacuerdo entre la Unión Europea y Turquía que da vía libre a las devoluciones sumarias en caliente.

Más de una veintena de organizaciones sociales, políticas y sindicales convocaron a la ciudadanía a mostrar su rechazo ante un acuerdo que consideran “ilegal e inmoral” y que “atenta contra los derechos humanos y el derecho de asilo”.

En el extenso manifiesto que sustentaba la convocatoria, las organizaciones firmantes denuncian que la Unión Europea “trata a los refugiados como moneda de cambio con el Gobierno de Turquía” y señalan que con este preacuerdo “el proyecto de construcción europea muestra de nuevo su deterioro, con un acuerdo que traslada la crisis de los refugiados fuera de sus fronteras, “abandonando los valores y principios que configuran Europa como un espacio común de libertad, seguridad y justicia, fundada sobre los valores de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad”, tal y como refiere el Preámbulo de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea.

NADIE ES ILEGAL

La indignación, la desilusión y la vergüenza eran los sentimientos que predominaban entre el medio millar de almas concentradas ante la Delegación del Gobierno en Cantabria. “Es un acuerdo vergonzoso”, “esta no es la Europa que queremos, la que soñábamos”, “se les debería de caer la cara de vergüenza por traficar así con esa pobre gente”, son algunas de las frases que se escuchaban entre los asistentes. “La supuesta ilegalidad de los inmigrantes nunca es tal. Las personas no son ilegales, si acaso, pueden atravesar situaciones de ilegalidad administrativa”, argumentaba un asistente al escuchar una de las frases coreadas en la concentración: “Ninguna persona es ilegal”.

Otros, la mayoría, muchos de ellos ‘viejos’ militantes en la defensa de los Derechos Humanos, manifestaban su decepción por lo que consideraban escasa participación. “La defensa del derecho de refugio y asilo es básica. De ‘parvulitos’ de humanidad. Si no crees en eso, ¿qué clase de ser humano eres? No sé porque no somos miles hoy aquí”.

GOTA MALAYA

Pero es difícil sustraerse de los mensajes que desde algunos lados del espectro social más arcaico e irracional se lanzan a diario. Con constancia de ‘gota malaya’ escuchamos argumentos económicos y sociales que no por falsos tienen menos público. El miedo a los extranjeros que vienen a quitarnos el trabajo, a acabar con nuestras costumbres, a violar a nuestras mujeres, a convertir la muy civilizada y vieja Europa, por no llamarla rancia, en un paraíso del terrorismo islámico, aún contiene a muchos ciudadanos a la hora de dar rienda suelta a la parte amable de su humanidad. Ni siquiera el martes, cuando el Congreso en pleno, es decir, la más amplia representación de la sociedad española, acordó posicionarse en contra, sin fisuras, del preacuerdo con Turquía. Parece que el ‘permiso’ de algunos llegó tarde y mal a sus representados. O había competición futbolística europea, que también puede ser.

CORTEMOS LAS CADENAS

Otra de las consignas coreadas clamaba por cortar las cadenas y devolver la libertad, con la que (supuestamente) nacen todos los seres humanos, a las personas que están ‘presas’ en las fronteras, sin poder volver a sus países de origen, de donde huyen por el riesgo que corren sus vidas, ni avanzar hacia otros países que les den cobijo, porque ‘la pela es la pela’ y Europa parece que ha apostado por solucionar el asunto a golpe de talonario. Como reza el manifiesto, “Europa ha comprado las devoluciones a Turquía por 3.000 millones de euros por los costes de gestión y 3.000 millones adicionales en 2018”. Por no hablar de la agilización de la entrada de Turquía en la UE. Nunca fue tan corpóreo el fantasma de la Europa de los mercaderes.

Tú (Turquía) te las apañas para controlar que no llegue a suelo europeo ningún refugiado al que no hayamos dado el visto bueno, recoges a los que te devolvamos y vas eternizando la provisionalidad de los actuales campamentos, y yo (Europa) a cambio te doy una pasta gansa y la promesa de que verás convertirse tu suelo en europeo en menos de lo que tarda Erdogan en violar cualquiera de los derechos fundamentales. 

Y una vez convertida Turquía en parte de la vieja Europa ¿qué hacemos con los refugiados?

No sé si queremos verlo.

(Publicado en Gente en Cantabria el 18 de marzo de 2016).

(Fotografía: Tomás Blanco).

 


viernes, 9 de octubre de 2015

Envasado al vacío



Aviso a los no iniciados: estamos en campaña electoral. ¿Que qué prisa tiene esta mujer? Yo, ninguna, se lo prometo, pero es lo que hay. A partir de la presente no se puede perder ni un nanosegundo (dense cuenta, un nanosegundo, eso es demasiado pequeño hasta para dejarlo solo y sin vigilancia en el borde de una mesa, no sea que se caiga y se mate) en otra cosa que no sea intentar convencer a propios y extraños, que no se sabe qué es más complicado (pregúntenle a Aznar), de que nuestra propuesta para gobernar este ingobernable país es la mejor, muy por encima del resto.

A partir de ahora prepárense, queridos míos, a sufrir interferencias constantes en su vida cotidiana en forma de eslóganes vacíos, frases construidas por los mejores profesionales de construir frases que el mundo ha dado, pretenciosas sentencias que soportan el análisis a vuelapluma de un infante y no más, llamadas a rebato para el día D (no me tiren de la lengua que mi vida es un permanente horario infantil), listas, encuestas, papeletas, toques a sus puertas, mesas, actos, mítines, y tú más, y tú más, y tú más…

Sí, les entiendo. Agobia. No ha tirado una el billete de viaje con salida en Guatemala y ya se ve comprando el de guatepeor. Pero qué quieren, toca.

Que no es que me queje yo de que toque, todo lo contrario. Es lo que tiene la democracia, que nos da la posibilidad de elegir a nuestros gobernantes con una periodicidad asumible. Si eso no es lo malo (de hecho, es lo único bueno), lo malo es lo que conlleva. Y se lo dice una friki de las campañas electorales. Qué me gusta a mí una campaña electoral, más que a Rajoy un plasma.

Pero aunque friki, soy empática y ahora mismo sufro por ustedes. Al fin y al cabo, ya se sabe que el roce hace el cariño y yo a ustedes les tengo ley. Y sufro. No como para sangrar si se pinchan, pero sufro. Porque nos conozco.

Sé que les vamos a dar, cada uno desde nuestro espacio, un coñazo insuperable (al menos hasta la siguiente campaña electoral) y no les vamos a sacar de la duda. Nunca lo hicimos, así que no soy optimista en cuanto a las posibilidades de conseguirlo esta vez. Ustedes disculpen.

Y no les sacamos de la duda porque utilizamos mal las herramientas. De hecho, las confundimos con el mensaje y, claro, imagínense el follón. Si con esta premisa ni los políticos se aclaran, malo será que lo puedan hacer ustedes, sufridos electores.

En estos tiempos confusos de gentes confusas, ustedes y otros muchos lo que quieren es que les expliquen claro como caldo de asilo (no sé si esta expresión es muy políticamente correcta, pero gráfica es, así que ahí queda) las propuestas de cada quien acerca de lo que tiene planeado hacer con su vida de ustedes, nosotros, los ciudadanos, y no que se pierdan en mensajes perfectamente estructurados que como titulares son impecables pero que, si de aclarar futuros hablamos, dejan bastante que desear. Estampas válidas para un rifirrafe  y poco más.

Hace años, demasiados, que las campañas electorales  ni ilusionan, dejemos aparte a los raritos como yo, ni convencen. A votar se llega convencido, o no, de casa. Baste ver un mitin electoral, elijan el que quieran. A primera vista, pasión, ganas, entrega de los asistentes. Un segundo vistazo detectaría lo mismo. ¿A dónde quiere llegar esta tarada?  Pues a que sí, a que todo eso es cierto. Le den los vistazos que le den al mitin en cuestión verán lo mismo: pasión, ganas, entrega. Y es normal. Porque a los mítines van los ya convencidos. Si ellos no demuestran pasión, ganas y entrega, apaga y vámonos. 

Y eso es lo tremendo. Que los mítines se han convertido en un sinsentido. Nadie a quien convencer, nada que explicar, ningún mea culpa que entonar, no queremos oírlo. 

Así, los mítines se han convertido en un contenedor de mensajes dirigidos a las aperturas de los informativos, atento a la luz roja que entras en directo, y en una fábrica de titulares. No hay espacio para la reflexión ni para profundizar.

Que tampoco es lugar para profundidades, cierto, pero es que nunca se encuentra el lugar. Solo se mueven banderas al ritmo sincopado que marca un regidor. Y al salir, emoción, sentimiento de pertenencia, una misión que cumplir y para casa después del vino, que se nos enfría la comida.

viernes, 11 de septiembre de 2015

El complejo de Penélope o el arte de la espera

A mí, Íñigo de la Serna me da mucha pereza. Se lo digo en serio. Pero pereza de desencajarme la mandíbula a bostezos, miren qué les digo.

Y no se piensen que se lo cuento, así, en plan declaración de principios, que no. Es un mero pensamiento que me ha asaltado muchas veces desde que sé de su existencia. Da igual dónde esté o lo que me encuentre haciendo, de repente, ¡zas! ahí está, inmisericorde. ¡Qué pereza me da este hombre! Y, claro, me preocupo.

Que la preocupación no es por la poca oportunidad que suele tener el alcalde en aparecérseme en formato bidimensional, a eso estoy acostumbrada, es porque desconozco la razón por la que me produce tanta pereza que la tengo cotizando en bolsa. Al alza.

Porque a estar en lados diametralmente opuestos de la realidad ya estoy acostumbrada, así que eso no puede ser.

Estoy pensando que lo mismo es producto del contagio, como lo del alzehimer, que acaban de descubrir que se puede transmitir durante ciertos procedimientos médicos por la contaminación de instrumentos quirúrgicos con una proteina puñetera. A ver si esto de mi pereza va a ser lo mismo.

Claro que yo soy más de la teoría ‘del espejo’. Creo que me limito a reflejar la actitud que veo. Y no me digan que este hombre no parece estar permanentemente agotado. Si no, a ver de qué se va a pasar la vida sentado y esperando. Fíjense que hasta  Penélope está pensando cobrarle derechos de imagen.

Porque, oigan, lo de nuestro alcalde y las esperas es digno de un monográfico en los anales de AENA. Nadie ha esperado tanto ni tan bien como él. Con qué empaque toma acomodo, se escuda en elaboradísimas excusas  y mira al horizonte mientras teje y desteje, teje y desteje discursos con los que quedar como un pincel cuando vengan las hordas rojas a pedirle explicaciones de lo suyo. Lo de los discursos y el pincel tiene que trabajarlo un poco más, pero,  para un esfuerzo que hace,  tampoco voy a llenárselo de matices.

Ahora, como la preocupación, dicen, va por barrios, como esos que tiene abandonados a su suerte, además de darme pereza me tiene preocupada. Ya ven, soy todo corazón. Porque tanto tiempo de espera no puede ser bueno. Sobre todo si espera sentado, como los refugiados sirios su determinación a prestarles socorro; o como Amparo y su familia, su decisión de proveerla de una vivienda; o los ciudadanos que necesitan de un servicio de mediación en el que responde un funcionario para aclarar que, meses más tarde de su anunciada puesta en marcha, no hay nadie para atenderlo. Esperen, que no. Que ninguo de ellos esperaba precisamente sentado. Mejor, porque estar mucho tiempo sentado produce celulitis. O síndrome de la clase turista y no vean qué follón, con lo que viaja este hombre. Lo bueno es que no será fácil que padezca el síndrome del escaparate, disgusto que se ahorra, que no está lo suyo con los comerciantes como para pararse a descansar delante del expositor de una tienda en Santander si no quiere que le saquen coplas.

Mientras descubro las causas de mi mal, y De la Serna agarra su bolso de piel marrón, una pista les doy a los investigadores de la Universidad de Wisconsin, el complejo de Penélope que sufre esta criatura puede ser que se transmita vía partido. Mariano Rajoy es igual.

(Publicado en Gente en Cantabria el 11 de septiembre de 2015).

viernes, 4 de septiembre de 2015

Un fantasma (obsceno) recorre (nuestra) Europa

Este verano un fantasma ha recorrido Europa del uno al otro confín, como si lo hubiera previsto el vigía del bajel de nombre Pirata. Un ectoplasma aterrador, de esos de dar mucho miedo por lo feo e inconveniente. Claro que no ha conocido nunca una un fantasma con el sentido de la oportunidad desarrollado. Ni siquiera he conocido uno inoportuno, también es verdad. Qué vida más aburrida la mía, también les digo.

Tengo dudas acerca de cómo llamar al espíritu errante del que les hablo porque hay ciertas horas restringidas para el uso de palabras malsonantes, y al precio que se están poniendo las sanciones mucha letra tendría que ir juntando para hacer frente al puro gubernativo.

Hemos pasado el verano en un ¡ay! continuo. El merecido descanso vacacional del probo trabajador, y el de algún que otro no tan probo ciudadano, disculpe por las molestias, se ha visto interrumpido con machacona constancia por las noticias sobre personas que han muerto por docenas, cientos, escapando de la miseria, la represión, la guerra.

Nos hemos echado las manos a la cabeza, escandalizados ante las imágenes de cuerpos  inertes hacinados en bodegas de barcos, en  cámaras frigoríficas de camiones, en los que pretendían acercarse a un destino que suponían más benévolo con su existencia que el país del que escapaban, el cual, de una u otra manera, había puesto precio a sus cabezas.

Hay quien, incluso, ha derramado alguna lágrima, sentida,  no me cabe duda, al ir sumando muertos al despróposito de miles de seres humanos poniendo en riesgo su triste existencia a lomos de barcos con parecida consistencia que aquellos de papel que aprendíamos a hacer cuando aún éramos inocentes. Hace tiempo que dejamos de serlo.

Día tras día, hora tras hora, se han sucedido las noticias, las reacciones,  los dimes y diretes, con tan triste insistencia que hemos sentido la necesidad de desempolvar manidas expresiones que teníamos arrinconadas para hacer uso de ellas en los momentos en que no había nada mejor con lo que rellenar un espacio informativo o tirárselas a la cara al ‘desfaenao’ de turno.

El drama,  la tragedia, el problema, la crisis. Cualquiera de estas palabras, invariablemente seguida por las coletillas “de la inmigración” o “de los refugiados”, dependiendo de qué clase de muerte les esperaba en origen,  nos ha servido como elemento unificador de tanta desdicha.  Y de cadena al fantasma.

Tras cualquiera de estas bienintencionadas expresiones se agazapa nuestra conciencia de la realidad.

El drama de los inmigrantes,  la crisis de los refugiados, el problema de la inmigración en Europa... no son más que eufemismos prendidos de nuestro ombligo. El problema no es nuestro. No lo tenemos nosotros. El problema lo tienen ellos, el drama es el suyo, la tragedia es a la que se enfrentan y de la que huyen para morir en la orilla, nunca mejor dicho, de un supuesto mundo mejor que tampoco les quiere porque son un inconveniente. Demasiada gente, demasiado diferentes. Quizá por eso vendemos armas a sus gobiernos o recortamos ayudas al desarrollo. Quizá sea simplemente que somos una banda de prósperos y civilizados hijos de puta. Es posible.

(Publicado en Gente en Cantabria el 4 de septiembre de 2015).

jueves, 30 de julio de 2015

Sazatornil, que no es poco

Despertarse una mañana de verano con la noticia de la desaparición de Saza no es un buen plan.  Hay gente que no debería morir nunca. Vale, es una postura egoista,  lo sé, pero es que el mundo solía ser mejor, al menos más llevadero, con Saza de por medio, incluso a pesar de que él ya hacía tiempo que no recordaba que era quien era.

Dicen que los genios no mueren, pero es un bulo. Mueren, igual que todo el mundo. Lo que no hacen es desaparecer, eso sí. Pero morir, mueren, y nosotros un poquito con ellos. Al menos con los genios que son como José Sazatornil, esos que tienen aspecto de vecino del tercero serio y circunspecto y del que no nos explicamos muy bien en base a qué extraña conjunción planetaria han llegado a compartir lecho conyugal con Mónica Randall cuando Mónica Randall quitaba el hipo.

En este país ‘tan a pesar de todo’ que tenemos se nos da bien criar genios, especialmente de las artes escénicas. Lo que ya llevamos peor es su cuidado y exportación. Nos dan sus mejores creaciones y al rato los olvidamos o, peor aún, despreciamos su trabajo y cambiamos su genialidad con denominación de origen por otra más extranjera. A veces, demasiadas, ni siquiera por eso. La cambiamos por un estreno cualquiera con super héroe ‘mazao’ y con cara de gilipollas, que da hostias como panes de kilo pero que de prosa anda escaso. De verso, ni se contempla.

Saza lo fue todo y se le olvidó. 

Así no tuvo que ver cómo el alzheimer afectaba más a sus compatriotas que a él mismo. Es casi un consuelo. Él,  que podía presumir de una exquisita educación no hubiera tenido siquiera el consuelo de enviarnos a la mierda con el estilo incomparable de Fernán Gómez.

Precisamente con don Fernando tuvo en común, entre otras cosas, haber interpretado una de las obras más desternillantes de la escena española, La venganza de Don Mendo, de Pedro Muñoz Seca, una  “caricatura de tragedia en cuatro jornadas, original, escrita en verso, con algún ripio”.

De dependiente en la tienda familiar a empresario teatral. Del drama a la comedia. De subvencionador de cacerías con fondo de pelotazo a creador de dobles de Franco. Saza lo fue todo y lo olvidó. Su Sinsoles le valió un Goya y su cabo Gutiérrez el conocimiento y reconocimiento de nuevas generaciones. Hace tiempo que no puedo mirar a Faulkner con los ojos de antes. Y plagiarlo ni se me ocurre,  pero no por respeto, sino por la verdadera devoción que siento hacia el cabo Gutiérrez. 

Querido Saza, espéranos a todos en el cielo de las carcajadas.


(Publicado en Gente en Cantabria el 24 de julio de 2015).

Solo los tontos se burlan del protocolo

Decía Jordi Pujol, antes de conocerse que no era tan honorable como le pintaban,  que “el protocolo es la plástica del poder”.  Y el político y diplomático francés  Talleyrand que “solo los tontos se burlan del protocolo. Simplifica la vida”. Ambos tienen mucha razón.

El protocolo no es, como parece pensar mucha gente que se rebela ante las normas establecidas por pretender ser más independiente, revolucionario u original, escoja  aquí su postureo favorito, que nadie, un conjunto de imposiciones anticuadas e inservibles propias de gentes de alcurnia cotizando en bolsa que aleja a las personas y lo vuelve todo más rancio y estirado que el pellejo de la Obregón en el posado veraniego de rigor.

Como decía el experto gabacho, el protocolo es un conjunto de normas que facilita la vida, sobre todo a quien a falta de los conocimientos implícitos en el ADN de los herederos de rancio abolengo sabe guiarse por pistas establecidas en los manuales de uso.

Mediante un conocimiento básico de las normas protocolarias imperantes y un uso, básico también, que no es cuestión de desgastárnosle, del sentido común, de un solo vistazo podemos, por ejemplo, localizar en  cualquier evento de cierto postín quiénes son las personas protagonistas del mismo y a quién hay que rendir pleitesía sin necesidad de  que tengan, pobrecitos, que salir de casa con un cartel luminoso colgado del cuello o pasarnos el día preguntando más que la maestra de Jaimito.

Las normas de protocolo establecen el sitio preciso en que se colocan las personas en los actos sujetos a él. Así nadie discute. Y si es usted de natural dubitativo, le socorrerá en gran medida si de escoger el modelazo adecuado para presentarse en un sarao y no parecer Lady Gagá recién salida del frenopático se trata.

Y tiene mucho, todo, que ver con la educación. Tanto admiramos la  educación, tan paseada la tenemos, que nos resulta muy familiar y la tuteamos sin piedad, hasta  quienes deberían tratarla de usted porque no la conocen de cerca.

Tutear sin piedad no es fácil,  no se crean. Hay que establecer muy bien la concordancia, que si no te pueden salir soflamas con cierto regusto gilipollas que menoscaba el gesto que has pretendido hacer. Establecer la igualdad de alguien con respecto a nos no lo da el tuteo inmisericorde y mal educado, lo da el convencimiento de que eso es un hecho; tratar de usted a alguien en según qué circunstancias iguala o aleja, depende de la destreza con el uso del lenguaje que seamos capaces de desplegar. Pasarnos el respeto por el arco del triunfo para demostrar no se sabe muy bien qué, dice bien poco de nosotros.


(Publicado en Gente en Cantabria el 17 de julio de 2015).

Mucho, mucho ruido. Tanto, tanto ruido

Desde hace ya muchos años estoy convencida de que me aqueja una alergia al ruido que no soy capaz de superar. Creo que empezó siendo una fobia pero el paso del tiempo y el abuso de ‘sonidos’ extemporáneos han ido convirtiéndola en algo crónico y,  en ocasiones,incapacitante.

Visto desde fuera puede resultar hasta entretenido de mirar cómo afronta una este mal. Los profesionales de National Geographic no saben lo que se pierden desconociendo mi existencia. Qué grandes imágenes les daría mi incontrolada expresividad gestual. Por los técnicos de sonido sufro menos, se libran de los decibelios que soy capaz de aportar a la desmesurada contaminación acústica de nuestro planeta. Solidaria que es una.

Sé que me tienen por exagerada y no se lo voy a discutir, que a eso también le tengo alergia. Pero párense a pensar el ruido atronador que nos rodea y verán que no exagero ni un pelín. Tráfico, conversaciones humanas y animales, obras, elementos mecánicos que nos facilitan la vida pero no saben ser discretos... Un sindiós de sonidos que alteran nuestro ecosistema y contribuyen más bien poco a nuestra paz de espíritu. La mía, últimamente, anda hecha un guiñapo con tanto ruido yendo y viniendo a lo loco, como Panchito.

Además, con este despiste que me caracteriza, el abuso del ruido me tiene mártir, no me entero de nada. Que me enfrasco yo en sesudas meditaciones acerca del sentido de la vida, por decirles algo, y no estoy ni empezando a avanzar por el caminito que el tiempo ha borrado del a dónde vamos y de dónde venimos cuando viene a sacarme de mi ensimismamiento una crisis griega cualquiera o unas primarias de Podemos y se jodió el asunto por muy sesudo que fuera. Así no hay forma de pasar, aunque sea de refilón, por persona inteligente. Se me va la vida en balbuceos de teorías nunca rematadas que parecen hechas en taller asiático para vender a low cost en el primer mundo.

Había pensado en agenciarme unos tapones para los oídos, a ver si así doy el paso al pret a porter, pero me temo que sería un gasto inútil. El ruido me persigue y no soy yo de correr, qué quieren que les diga. Además, ya parezco bastante ausente de serie como para echarle una mano a la naturaleza y acabar asemejándome a una ameba vestida de lagarterana.

Lo que me facilitaría mucho la vida sería que dejara todo el mundo de despistarme con tanto ruido y me permitiera escuchar lo realmente importante. Voy a ver si me lo pido de regalo de cumpleaños.


(Publicado en Gente en Cantabria el 10 de julio de 2015).