jueves, 2 de septiembre de 2010

Historias de una mina

Aún recuerdo la primera vez que escuché a Quilapayún. Fue en el colegio y tenía 9 años. Y también recuerdo las sensaciones que me produjo lo que oí y que perduran hoy, una pila de años después. La primera fue musical. Me atrapó aquel juego de voces, tambores y ritmos.
La otra sensación que me produjo no hubiera podido describirla entonces, no tenía todavía el vocabulario adecuado para ello ni la capacidad para reconocerla. Ahora sí. Ahora es una sensación familiar que surge día sí y día también por multitud de razones. Desasosiego.
Los mayores del lugar conocerán La cantata de Santa María de Iquique. Ese es el primer disco que escuché de Quilapayún. Y es el tema final del disco el que llevo recordando las últimas semanas. Y mi antigua sensación de desasosiego ha vuelto como una mala pesadilla. En aquella lejana época de mi infancia me desasosegaban las estrofas que dicen “Quizá mañana o pasado, o bien en un tiempo más, la historia que han escuchado de nuevo sucederá. Es Chile un país tan largo, mil cosas pueden pasar, si es que no nos preparamos resueltos para luchar”. Me parecía, en mi inocencia, una forma terrible de doblegarse a lo inevitable, como si no fuera posible hacer nada contra un futuro ya escrito. Y me negué a aceptar eso. Creo que sin ser muy consciente de ello, fue entonces cuando me convertí en 'roja’. Y ahí seguimos.
Estos días, como les decía, he vuelto a sufrir la antigua sensación en relación con Chile y sus trabajadores. No hace falta que les cuente la historia de los 33 mineros encerrados en la mina San José desde el 5 de agosto. El mundo entero la conoce. Una desgracia. Algo inevitable. Una historia que contar. Una historia de esperanza… diga 33.
Pero hay más historia que contar. Como siempre que se habla de minas, ya sean de sal, como la de la cantata o de mineral. Ya sea en Iquique, en Asturias, en Polonia o en Copiapó. Historias de empresarios que no se conforman con lacerar las entrañas de la tierra, si no que dedican sus esfuerzos a lacerar también los derechos de aquellos a quienes, por un miserable salario, mandan a encontrarse con la inevitable silicosis o explosión. Historias de presidentes, delegados gubernamentales o puntuales correveidiles que retrasan los momentos hasta que llega la turba informadora para dar fe de su preocupación y solidaridad con las familias que esperan resignadas el final de una tragedia que, según pasa el tiempo, importa cada vez a menos pero interesa, morbo mediante, cada vez a más. Historias de sindicalistas que se cansan de contar historias que no se escuchan más que en el desierto. Historias de medidas de seguridad que nunca se disponen a tiempo porque es más rentable pagar la multa por no habilitarlas.
Historias.
(Publicado en AQUÍ DIARIO el miércoles 1 de septiembre de 2010).

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